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CRÓNICAS PELANDESAS

-El asedio de Koopachópolis-

Pelayo Lana

Ediciones Pelayo

Índice

PRÓLOGO 4 Tercera parte: La Cuarta Guerra 7 CAPÍTULO 1 Prejuicios 8 CAPÍTULO 2 Traición 20 CAPÍTULO 3 Aliados inesperados 26 CAPÍTULO 4 Los Nuevos Nocturnus 33 CAPÍTULO 5 Preparativos 44 CAPÍTULO 6 La última batalla 52

PRÓLOGO

Era por la tarde. El sol que tanto asombraba a los Nocturnus brillaba en el ocaso, cegando a aquellos que todavía no habían tenido la suerte de verlo antes, que no eran pocos: en la Celda del Crepúsculo no hay estrellas que iluminen los planetoides.

Una delegación Nocturnus se aproximaba. Nueve iba al frente de un escuadrón de Nocturnus de élite bien armados que comprobaban los alrededores cada poco; aunque los que iban detrás, cuando el oficial del grupo no los miraba, se deleitaban con el sol.

Poco tenía eso de delegación diplomática, se dijo Steel, pero Nueve nunca había tenido a nadie que le mandase cómo debe hacer las cosas, ya que al emperador no le tosía nadie. Y Steel no iba a ser tan tonto como para empezar mal las negociaciones diciéndole a su incierto aliado cómo se hacen las cosas en Pelandia. Sin embargo, si hubiera podido, le habría reprochado su falta de confianza: los francotiradores Nocturnus ocultos en los edificios cercanos estaban de más. No los habría visto si no hubiesen estado en Station Square. Allí nada ocurría sin que él lo supiera.

Tras de Steel había asimismo un pequeño destacamento de droides, flanqueado por los dos lugartenientes de su ejército: Helbert Noke y Magín Mago[footnoteRef:0]. El primero lanzaba nerviosas miradas a los desconocidos visitantes, sin quitar la mano de la funda de su bláster, mientras que el segundo le había advertido con tiempo que el ambiente de las negociaciones bien podría ser cortado con un cuchillo de lo tensas que iban a estar. Tenía razón. [0: Si has leído Misterios en Pelandia, sin duda sabrás quién es el primer personaje, aunque el segundo es nuevo.]

-Encantado de conocerle, emperador -dijo Steel bastante más bajo de los que solía hablar- sed bienvenidos a Pelandia.

Un poco de “coba” preventiva nunca estaba de más.

-Lo mismo digo, pelandés -le respondió Nueve, mirándole desde arriba. Cuando a Steel le habían dicho que el emperador Nocturnus era bastante alto, no había creído que sería hasta tal punto-. Aunque llamarte por ese término quizás no sea adecuado en esta situación, ya que tengo entendido que vas en contra de la República Pelandesa.

-Efectivamente, Lord Nueve. Estamos en plena Cuarta Guerra Pelandesa, aunque, para ser sinceros, sería más correcto decir que seguimos en la tercera. No han pasado ni seis años desde que acabó oficialmente y el tema sigue siendo el mismo… el mismo de siempre. Me presento. Me llamo Steel Molotov y está usted en Station Square, mi ciudad y base principal. Los que están a mi lado son Helbert, brazo armado del ejército de droides; y este otro es Magín Mago, un especialista en informática y engañar al enemigo. Gracias a todo ello hemos capturado casi todo el este de la Isla Pelandesa.

-Bien -respondió Nueve con indiferencia- pues ya sabes por adelantado quién soy yo. Y sabes a lo que he venido, ¿no?

-Pretende usted volver a la tierra de la que fueron expulsados hace mucho tiempo, arrasar a los herederos de la raza culpable de vuestras penurias y capturar a vuestra mejor soldado, que se ha unido a la causa pelandesa. Para ello, habéis traído tecnología nunca vista en Pelandia, un ejército de diez mil soldados Nocturnus, que aunque sea numéricamente inferior al de los pelandeses, es el doble de eficaz, una pequeña flota espacial que incluye el mejor destructor de toda la historia y un sin fin de droides, vehículos blindados y artillería capaz de borrar una ciudad del mapa en cuestión de minutos. En cambio -ya es hora de que Nueve se dé cuanta de sus fallos, se dijo Steel, aunque me juegue la vida en ello-, habéis tenido que dejar atrás un esplendoroso imperio en una dimensión paralela a la nuestra, derrocado por arcaicas razas semipelandesas que habíais sometido con anterioridad, dejando atrás a más de cinco mil Nocturnus muertos por vuestra causa, incluido el comandante Tell, que pretendía ser una sustitución de Shade, la Nocturnus rebelde. Eso, sin contar el gigantesco cisma que se ha producido en vuestro ejército, parte del cual decidió seguir a Shade. Todos estos, subrazas incluidas, se han quedado atrapadas en vuestra dimensión, e invierten el tiempo en preparar vuestra destrucción. Si lograran salir, sería el final para vos y vuestro intento de reconstruir el imperio Nocturnus.

Steel había hablado durante cinco minutos seguidos sin parar, y se dijo que, aunque fuese una descortesía, necesitaba un trago de agua. Pero se contuvo. Estaba más preocupado observando si alguno de los Nocturnus que acompañaban a Nueve le daba luz verde a los francotiradores para disparar.

Nueve, mientras, se había quedado callado, manteniendo el semblante serio.

Sin embargo, por dentro, Nueve estaba a punto de explotar. ¿Cómo podía aquel pelandés saber todo aquello? Había sido una grave insolencia por su parte aquel deliberado reproche y le daban ganas de ordenarles a sus Nocturnus que le acribillaran. Pero aquello habría sido una imprudencia, y una muestra de que era vulnerable a la empatía de un ínfimo pelandés. Se contuvo nuevamente y contó interiormente hasta diez. Salvo por esa cuenta, aquel razonamiento pasó por su mente en décimas de segundo.

-Sabes mucho, Steel -dijo, con calma. No se le había escapado que a algunos de sus guardianes se les había tensado el dedo del gatillo, y que los francotiradores habían fijado al unísono su mira sobre Steel, esperando instrucciones. No era necesario verlos. Se podía percibir.

-La información es poder -respondió Steel-. Si sabes, sobrevives. Si sabes, nadie te puede amenazar. Si sabes, gobiernas.

Aquello no era del todo correcto, se dijo Nueve. De hecho, a veces la ignorancia deliberada puede ser beneficiosa. Te pueden matar por saber demasiado. O saber demasiado te puede llevar a hacer imprudencias.

-Entonces, ¿sabes para qué estamos aquí? -preguntó Nueve.

-Sí, Lord Nueve. Para sellar una alianza que nos permitirá acabar con los pelandeses de una vez por todas y tener el poder absoluto sobre Pelandia.

Nuevo error. Si ese tal Steel se creía que iba a compartir el poder de una tierra tan rica en recursos y de tanta importancia estratégica, es que se había vuelto loco, o algo peor.

-¿Y qué quieres a cambio de tu ayuda? -ese era un punto importante. El que más, de hecho.

-Pues… quisiera la joyas sagradas de los pelandeses. O, si no es posible entregarme todas, una parte de ellas. Lo que podría hacer con ellas sería innombrable.

Error fatal. Ahí sí que le había tocado la fibra sensible.

Durante el transcurso de las negociaciones, Steel era perfectamente consciente de dónde empezaba a molestar a Nueve, y de dónde cometía errores. Aunque el rostro de Nueve era inescrutable, las reacciones de los Nocturnus detrás de él eran determinantes. A la mención de sus fallos, empezaron a poner mala cara. Cuando cometió el error de usar la primera persona del plural para referirse al poder de Pelandia una vez finalizada la conquista, rechinaron los dientes. Y en el punto de la recompensa por su ayuda, donde realmente se estaba jugando el cuello, se habían puesto tensos; y lo mismo les había pasado a los pocos componentes de carne y hueso de su ejército. Durante los segundos de silencio que siguieron a esa declaración, si alguien hubiera estornudado, se habría desatado una matanza, con fatales perspectivas para Steel y su gente.

Pero, al final, Nueve extendió la mano.

-Trato hecho. Lo de las joyas hay que discutirlo, pero estoy de acuerdo con el resto.

Todos los componentes de ambas delegaciones que tenían la capacidad de sorprenderse cumplieron con su cometido. El que Nueve accediese tan rápido a un trato que le era desfavorable, sin ni siquiera pensarlo, invitaba a pensar que había perdido el juicio. O que le iba a pegar un tiro a Steel ahí mismo. O ambas cosas. Pero lo que Steel pensaba mientras le estrechaba la mano, en realidad, es que Nueve era rematadamente listo y que seguro que tenía un as en la manga.

Y se dijo a sí mismo que tendría que empezar a desarrollar uno él también. A la voz de ya.

Esto aconteció hace un mes. Aquí es donde realmente comienza nuestra historia…

Tercera parte: La Cuarta Guerra

CAPÍTULO 1 Prejuicios

-¡Shade! -gritó Trest desde la puerta de la habitación que ella compartía con Leeg y el droide-. Hay reunión táctica en Mando. ¿Quieres venir?

-Ya sabes que no me quieren allí -le contestó.

-Ni allí, ni aquí, ni en ningún lugar del territorio controlado por los pelandeses, la verdad -Trest suspiró-. Pero eres demasiado valiosa como para dejarte ir, sobretodo mientras aún averiguan de que lado estás… En fin, se van a quejar de que participes, pero no van a poder seguir ignorándote para siempre, Shade.

-Supongo que tienes razón… ahora mismo voy.

Cinco minutos más tarde, ambos salían del bloque 3 de habitaciones para sumirse en el caos de la mini-ciudad subterránea construida bajo las entrañas de Koopachópolis, capital pelandesa. La existencia de esta réplica no había sido revelada hasta que los pelandeses entraron en una situación desesperada de verdad. En ninguna guerra anterior se habían visto tan contra la pared como ahora, ni aunque fueran perdiendo. Se había declarado el estado de sitio sobre las principales ciudades pelande